Un caso perdido
Es él, el que se sienta detrás de mí y de vez en cuando me llama en susurros para contarme un chiste mientras una autoridad nos vigila desde su pedestal.
Estos meses pasaba inadvertido, ahí atrás, en la última fila, con su mirada perdida, sin pensar en nada.
Cuando lo conocí era otro, un quinceañero risueño, gamberrete, pizpireto y sin-vergüenza. Le encantaba que le mirásemos mientras nos rapeaba sus líricas de rima barata, mientras bailaba la última moda obscena de las discotecas... su principal objetivo era captar nuestra atención, como todo crío.
Le perdí de vista un año y al volver, su mirada proyectaba miedo, inseguridades, desconcierto. Emporrado, esnifando coca y bebiendo hasta vaciar sus tripas se había convertido en el típico “caso perdido”. Sus bailoteos y trastadas de niño se habían transfigurado en constantes peleas callejeras o por lo menos eso reflejaban sus constantes labios hinchados y sus ojos amoratados.
Entonces me entristecía y me avergonzaba de conocerlo. No le entendía, no me agradaba, me incomodaba.
Un buen día descubrí los fundamentos de aquel comportamiento y los secretos que ocultaban esos ojos llorosos de rabia contenida. Se había ido de casa, puesto una denuncia...su padre le pegaba desde hacía tiempo.

No comments:
Post a Comment