11/24/2006

El señor de Bembibre

Los escritores del siglo diecinueve recurrieron a la novela histórica para huir de un presente hostil e incierto volcándose en la Edad Media, época mucho más estable y patriótica, aunque realmente lo que hacían era plantear sus problemas contemporáneos en un marco histórico distinto.
El gran representante europeo de este género fue el escocés Walter Scott pero en España y en Latinoamérica este género tuvo una gran aceptación contando entre nuestra producción literaria obras y escritores de cierto renombre como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Benito Pérez Galdós.
Otra novela histórica de cierto interés es la escrita por Enrique Gil y Carrasco titulada “El señor de Bembibre”.
En ella se narra la disolución de la orden del Temple por el papa Clemente V y la consiguiente persecución de los templarios por parte de Fernando IV. En un principio no se llega a entender muy bien el por qué de las novelas históricas, el sentido de remontarse en un tiempo lejano como el siglo XIII y en unos valores que ya se han perdido. Sin embargo poco a poco uno va introduciéndose en la novela dejándose deleitar por la bellísima evocación de los paisajes del Bierzo (bien conocidos por el autor) y acostumbrándose al sentimiento del honor y al lenguaje cortés en boca de los caballeros medievales.
La trama principal es una historia de amor cuyo protagonista es el señor de Bembibre. El padre de Beatriz, la enamorada, le impide, por cuestiones económicas derivadas de su ambición, el casamiento con este señor obligándole de alguna forma a casarse con otro hombre más poderoso: el conde de Lemos. El libro discurrirá entre las separaciones y reencuentros de los amantes hasta que al final la protagonista morirá presa de su enfermedad. Esta enfermedad derivada de su agonía y sus constantes disgustos es la tuberculosis, bien conocida por el autor, ya que él mismo la padecía y por lo tanto las menciones de su proceso son además de verosímiles ciertamente interesantes, al igual que Dostoievski caracteriza al protagonista de su novela El Idiota como enfermo de epilepsia.
Si en un principio el remontarnos a tal época no nos atrae en absoluto, poco a poco Enrique Gil y Carrasco nos va cautivando y aportándonos al mismo tiempo una serie de datos historiográficos de gran interés como fue la existencia de la Orden de los Templarios y su disgregación. Algo que no nos atrae en un principio puede llegar a producirnos gran satisfacción y entretenimiento...lo digo para animar a aquellos que desde un principio se obnubilan ante tal género de literatura, como por ejemplo, una misma.

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