12/01/2006

El palau de Sant Jordi

Un espacio inhóspito. La entrada descentralizada da paso a una amplia y vacía explanada. En la noche todavía se presenta más fría, iluminada escasamente con luces modernas: unas columnas de cristal opaco cuya luz proviene del interior.
Giramos a la derecha bajando unas escaleritas que nos acercan a nuestro destino. De nuevo esas columnas lumínicas bordeadas con oscuros hierros aparecen en hilera creando varios espacios vacíos. Un césped helador, una fila de columnas silenciosas, de repente una ranura de unos cincuenta centímetros alberga un canalillo de agua infestado de espuma cervecera, basura y diversos residuos (probablemente el arquitecto pretendía sosegar al paseante con la vista del agua ¿?), otra fila de columnas de dudosa luz en conexión con el tosco hierro nos indica que la entrada está cerca. Parece una acumulación de cofradías en espera para comenzar una procesión de semana santa. Sin dejarnos guiar por ellas y con la curiosidad de encontrarnos con cofradías más novedosas sin duda damos con la más original de todas...una fila de columnas circulares terminan su cabeza con varios alambres que no llegan a tocarse con los vecinos por la milimetrada distancia que guardan entre cofrade y cofrade. Fabuloso orden para semejantes chisteras. Todas esperan la salida en dirección a la ciudad de Barcelona que temerosa se planta ante sus pies.
En la dirección contraria a la que miran las cofradías, perplejos y asustados buscamos algo más allá y...¡qué casualidad!, encontramos nuestro destino que ante tal ambiente lúgubre y acallador se nos había olvidado. Por fin podremos disfrutar. La esperanza se abre a nuestros pies y el palau de Sant Jordi nos ofrece la inigualable posibilidad de gritar y desinhibirnos al grito de: Up the Maidens!.

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