12/12/2006

El equilibrio dieciochesco

En el blog titulado Cornelia Bororquia ya indicaba la falta de atención que se ha tenido con la literatura española del siglo XVIII pero al indagar más sobre estudiosos y críticos especializados en ese siglo vuelvo a las andadas recalcando su importancia.
La ilustración, siglo de la razón, se ha visto criticado literariamente por la falta de emotividad, sentimiento e incluso subjetividad tan presente en el siglo que le sucede. Se tiende a clasificar estos dos siglos como antagónicos cuando uno precede al otro y más que contrarios son continuos en sus rasgos y corrientes.
Estudiosos hispanistas(¡extranjeros!) como el norteamericano Sebold o el italiano Rinaldo Froldi han escrito varios estudios sobre la importancia de autores de la época como Cadalso o Meléndez Valdés. Este último escribió un artículo titulado “Apuntaciones críticas sobre la historiografía de la cultura y de la literatura españolas del siglo XVIII” donde recoge sus opiniones y defiende de una manera contundente la productividad de este siglo.
Entre los diferentes puntos que trata señala esa diferenciación tan encajonada que tenemos entre neoclasicismo y romanticismo. Y también la preferencia que se le da a este último por ser más cercano, más emotivo e incluso más humano. El romanticismo se centra en el estudio del sujeto, del yo, de sus pasiones y sentimientos mientras que en el siglo de la Ilustración la mayoría de los escritos están vinculados a la política, a ideas de mejora tecnológica, científica y social. El siglo XVIII es el siglo de la razón y del liberalismo económico y político en el pensamiento pero estéticamente está anclado en los modelos grecolatinos y en sus preceptos ortodoxos. El romanticismo en cambio dará un valor absoluto al sentimiento y nos descubrirá las pasiones humanas, sus anhelos, sus nostalgias, sus desilusiones...
A los jóvenes nos atrae más el último siglo, cuando desorientados nos identificamos constantemente con los personajes trágicos de sus novelas. Pero no sólo a los jóvenes sino a muchos otros que ven en el neoclasicismo una excesiva erudición y un rígido y abstracto racionalismo insensible al calor del sentimiento humano.
Froldi, entre otros, indicará que para que en el siglo XIX se den esas características se han debido dar en el siglo anterior, y es que es en el siglo XVIII donde se da cabida a la sensibilidad en equilibrio con la razón, mientras que en el XIX se rompe ese equilibrio dando un valor absoluto al sentimiento.

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