4/10/2008

Más violencia: Ciudad de Dios

Para seguir con el tema de la violencia en Latinoamérica, porque hay muchos tipos de violencia y muchos lugares donde podemos hallarla, esta vez me situé en Brasil viendo la película Ciudad de Dios.
Está basada en una novela de seiscientas páginas, escrita por el brasileño Paolo Lins, periodista que vivió en los años sesenta en una de las favelas más peligrosas de Rio de Janeiro, que recibía ese mismo nombre: Ciudad de Dios.
La película adapta y por lo tanto se ve obligada a reducir, la multitud de historias y personajes que se entrelazan en la novela. Constantemente aparecen personajes nuevos que se suman a otros delincuentes, traficantes y mafiosos en busca de venganza por agravios personales con otras bandas o que simplemente se encaminan por la violencia para intentar sobrevivir en ese ambiente irrespetuoso, peligroso y bárbaro.
Para testimoniar y justificar o dar veracidad y más valor a la violencia que se muestra, se indica al final de la película que está basada en hechos reales. Como en las películas “Rosario Tijeras” de Colombia, “Amores perros” de México o ésta que mencionamos, la violencia es el tema principal y por lo visto lo que más vende. Parece que hay que resarcirse en las miserias de Latinoamérica para dar a conocerla al mundo. “Es lo que hay”_ argumentarán algunos y no puedo negarlo pero además hay muchas otras cosas. Creo que pocos conocen películas latinoamericanas que hablen de sus maravillas naturales o de su tranquila vida cotidiana, lejos del estrés del mundo desarrollado. Supongo que eso no vende.

4/05/2008

"La violencia" por Fernando Vallejo

Una novela de tono realista, ambientada en la Colombia violenta que sigue existiendo en nuestros días, siempre tiene una demanda de lectores asegurada.
Cuando empecé a leer La virgen de los sicarios, sus páginas me trasladaron a una de sus grandes ciudades: Medellín. Recorría sus calles con soltura (aunque no estuviesen descritas minuciosamente) y observaba las comunas que se extienden por las colinas que circundan la ciudad. Me sorprendía la violencia y los asesinatos a sangre fría que se sucedían día tras día pero las diferencias dialectales junto al humor cínico del protagonista, un gramático colombiano resignado, mantenían mi atención alerta.
La violencia es tratada desde un punto de vista interno, a través de la mirada de un sicario que pertenece a ese mundo sin ley de las comunas. Podría ser entonces verídica aunque la narración la lleva a cabo un gramático de otro status y nivel social, que se enamora del sicario.
En Medellín, cada día es una auténtica lucha por la supervivencia y en muchas ocasiones, la bala puede dirigirse a tu sien sin motivo alguno. Ciudad sin ley, sin orden ni conciencia. ¿Es tan exagerado el problema o se hiperboliza como recurso literario?.
De cualquier forma, cuando el joven sicario Alexis no para de cometer asesinatos con víctimas tan dispares como un grupo de policías o una mujer embarazada, el argumento empieza a perder emoción y la novela se hace demasiado reiterativa. Si la violencia, en una primera instancia, puede captar al lector, para ser una buena obra tiene que fundamentarse en algo más sólido.
Sigo desconociendo los factores que elevan una obra al status de best seller...

3/05/2008

Todos comprometidos

Supongo que debo estar orgullosa (o quizás desilusionada) por el "aprobado" que recibí ayer en manos de una irónica empleada de correos.
Para contrastar con el resto de estos últimos días la oficina estaba atestada de gente... Por fin ejercí mi derecho de ciudadana y voté. Siempre me había dado pereza por el hecho de tener que hacerlo por correo pero me sorprendí al ver que la gente, concienciada, hacía largas colas para votar.
Este es un país lleno de holgazanes, vagos y jetas (no hay más que tener que hacer cualquier papeleo burocrático tipo becas, relaciones internacionales, pagos bancarios... para encontrarte con alguno de ellos) además de que hoy por hoy, poca gente se compromete con nada. Por no hacer, ya ni se organizan cenas, ¿quién llama al restaurante para reservar? Y todo el mundo escabulle el bulto...
Sin embargo, ahí estaban todos haciendo cola y rellenando papelitos comprometidos con su país. ¡Qué maravilla! Hasta me volvió el optimismo...
Claro está, cuando por fin me llegó el turno y le di rápidamente los votos a la empleada para huir de allí, con un suspiro de alivio me dijo: ¡la segunda aprobada de la tarde!; no se podía pedir peras al olmo, señores...

3/02/2008

"Malas" apariencias

Dentro de lo poco rutinaria que es mi vida y la variabilidad de cafés, restaurantes, lugares, ciudades, países o continentes por los que transcurre, no se por qué motivo pero me he topado más de dos veces al mismo conductor de autobús de rostro pálido y amargado. Quizás fuese un indicio de que ya era hora de publicar otro post.
La primera vez que cogí el autobús de la línea 90 volvía de estar en casa de una amiga. Pasamos una tarde distendida y relajada para lo cual elegí la vestimenta adecuada: un chándal y unas zapatillas deportivas. Como suele suceder cuando uno no es puntual ni precavido, el autobús cruzaba el semáforo en el mismo momento en el que yo salía por el portal de la casa de mi amiga, así que, como en varias ocasiones, corrí atropelladamente y golpeé el cristal de la puerta del autobús recién cerrada, poniendo cara de corderito degollado. Afortunadamente este conductor inexpresivo del que hablo no es un ser tan despreciable e hijueputa (como diría Cervantes) y accedió a abrirme la puerta.
El autobús emprendió la marcha mientras yo buscaba entre los bártulos de mi mochila la enorme cartera que por alguna extraña razón se vuelve imperceptible, es más me atrevería incluso a afirmar que desaparece, en ese preciso momento en el que la necesitas.
Al fin encontré el bonobús y esperé el tiempo necesario para que la máquina lo recibiese, lo picase (con el correspondiente ruidito que confirma el acabamiento del proceso) y me lo devolviese. Pero el conductor de mal carácter y mirada desconfiada me pidió el bono para ver si me había validado el viaje.
Me sentí un poco incómoda porque aunque fuese impuntual, torpe y un poco desorganizada con las cosas no intentaría colarme en el autobús de esa manera, pero al fin y al cabo, como había salido triunfante de la situación, me retiré tranquila a los asientos traseros a sentarme y recuperarme de la fatiga de la carrera, la búsqueda y la susodicha acusación.
Tres paradas más tarde se subieron tres quinceañeras insolentes con sus bolsas de compras de rebajas, todas maquilladas al extremo, mascando chicle con la boca abierta y con un aire altivo excesivo e insoportable. Pasaron las tres con dos bonobuses y picaron sólo dos viajes. Su acción fue descarada pero el autobusero ni se inmutó. ¡Increíble! Me parecía inadmisible semejante descuido después de la atención minuciosa que mostró conmigo. Sólo lo excuso en el caso en que estuviese mareado del tufo a perfume barato que desprendían las tres mozas.
Sin embargo, en cada parada y subida de nuevos pasajeros, el prejuicioso conductor no quitaba ojo a todo inmigrante latino, negro y marroquí que se subió en ese recorrido.
Al final del trayecto opté por olvidar mi ofensa ya que prefiero pertenecer al grupo de los marginados socialmente que al de los que yo margino moralmente.

2/15/2008

La vida no vale nada

“La vida no vale nada”-oigo todos los días refunfuñar a los mayores. “No vale nada en Latinoamérica” apuntan otros más analíticos. Pero yo no les hago caso, no me detengo en pensarlo ni en creerles, sus valores no se identifican con los míos y sus preocupaciones no tienen cabida en los ojos jóvenes y quizás imprudentes con los que yo miro la vida.

Hasta hoy.

Cuando pedaleando en mi BH antigua andaba absorta contemplando los tonos en los que se dividía el cielo, por poco la pierdo. En unos instantes se podía haber acabado todo, la rebeldía, la osadía con la que me opongo a lo irremediable y con la que niego que hay descarrilados por ahí sueltos que hacen que la vida no valga nada. No importa que tú vayas por tu carril, como yo iba tranquilamente con mi bici, o que cruces en verde siguiendo las normas, hay miles de excepciones a las reglas y es probable que te toque una de ellas.

2/10/2008

Jorge Bucay

“Seguramente hay un rumbo
Posiblemente
Y de muchas maneras
Personal y único.

Posiblemente haya un rumbo
Seguramente
Y de muchas maneras
El mismo para todos.

Hay un rumbo seguro
Y de alguna manera posible.” (Jorge Bucay)

La primera vez que tomé en mis manos un libro de Jorge Bucay era una mañana soleada cholulteca y me encontraba sentada y relajada en el jardín de la casa de una familia que aprecio.
Unos días más tarde, por el mes de diciembre, recibí como regalo de despedida El camino de la autodependencia del leído cuentista, pero esta vez su estructura carecía del encanto reflexivo que proponían sus cuentos.
Este libro forma parte de una colección llamada Hojas de Ruta, que pretende analizar los distintos caminos de la vida: el del Encuentro (del amor y del sexo con el otro), el de las Lágrimas (de las pérdidas y los duelos), el de la Felicidad (de la búsqueda del sentido) y por último el de la Autodependencia.
Este tipo de libros de carácter terapéutico y tono didáctico nunca me han convencido demasiado. Hace un par de años me compré dos librillos de autoayuda de esos que analizan los sentimientos e intentan enseñarte a quererte a ti mismo. “Sólo si tú te aprecias puedes tener éxito con los demás”, “sólo si tú te quieres permites que los demás te quieran”...y todo este tipo de máximas con los que se sermonea a los jóvenes inseguros de sí mismos.
En un libro de ciento sesenta y dos páginas como éste podríamos estimar que sobran unas cien, ya que sus ideas se repiten insaciablemente resultando sus páginas un tanto repetitivas.
Merece la pena, sin embargo, por las páginas que dedica al concepto de libertad y a su falta cuando dependemos de alguien, idea que ayudará a aquel que por amor se pierda a sí mismo y olvide su libre albedrío.
Podríamos concebirlo como un librillo más de trascendencia media que se añade a nuestra lista de títulos, pero es mejor verlo, si lo lees desde mi perspectiva, como un libro que corrobora conceptos ya asimilados o que damos por hecho, pero que conviene de vez en cuando recordarlos.

1/23/2008

Diario de la guerra del Cerdo, Adolfo Bioy Casares

La atracción del título comulga con el resumen de la contraportada. El argumento nos resulta sorprendente: estalla una guerra inusual entre dos generaciones, la juventud y la caracterizada por su vejez.
Los muchachos jóvenes se comportan despiadados con los viejos tramando distintos encuentros violentos mientras los “muchachos” (grupo de amigos de cierta edad) se reúnen a jugar al truco para matar su tiempo.
Los cerdos de los jóvenes, por traicioneros e inconscientes, quieren matar a los viejos que les resultan inútiles, repugnantes y pervertidos como cerdos. Van señalando sus objetivos entre los viejos que más síntomas presentan o entre aquellos que más impudorosos se muestran con las mujeres jóvenes.
La novela es en sí una reflexión sobre la vejez, el temor que nos produce y lo que nos cuesta admitirla, hayamos llegado a la edad y la sintamos en la piel o seamos jóvenes y la veamos lejana y poco amenazante.
Su lectura no requiere de grandes esfuerzos, si bien el conocimiento de los parques, calles y costumbres de Buenos Aires, ciudad dónde se ubica la historia, aumentan notablemente el placer.
No está mal para conocer a este cercano amigo del alabado Borges, quien como él, nos sorprende, aunque sea solamente con la idea de su planteamiento.