Doña Perfecta y la actualidad
En la mitad de la meticulosa escritura de los Episodios Nacionales, Benito Pérez Galdós decidió dejar a un lado su tarea por unos meses para dedicarse a la escritura de la primera de sus novelas sociales: Doña Perfecta.
Una de las principales características de este tipo de novelas es su maniqueísmo, que a veces deja entrever la ideología de su autor y obliga al lector a posicionarse a su favor o en su contra.
En Doña Perfecta se nos presenta la sociedad española de principios del siglo XIX, época en la que las ideas modernas europeas ya habían penetrado y empapado a las clases intelectuales del país. Pero todavía en España existía un pensamiento tradicionalista, reaccionario y conservador que se oponía a cualquier innovación mostrándose reticente ante el mínimo indicio de progreso. En la novela está representado por los habitantes de Orbajosa.
Sus habitantes, orgullosos de sus antepasados y presentes, de sus costumbres y de su calidad de vida creen que en su pueblo se encuentra la esencia de cualquier grandeza. Incluso menosprecian a Madrid resaltando su moralidad y pureza ante tal gentío moderno, ateo y materialista.
La novela carece de una trama compleja o interesante pero su importancia recae en que los conflictos personales de los protagonistas se extrapolan a la sociedad española de entonces y curiosamente también a la de ahora. Parece que los tiempos no cambian tanto y que los problemas se van repitiendo a lo largo de la historia.
Si bien ese fervor católico de los habitantes de Orbajosa ya no está tan presente en nuestra sociedad actual, ese nacionalismo, orgullo y prepotencia de ciertas regiones e incluso del país en general sigue latente. Nunca he llegado a comprender esa necesidad de exaltar de una forma exacerbada las cualidades de un país hasta el punto de vanagloriarse con egocentrismo y de creer indudablemente en su superioridad frente al otro.
Ese orgullo llevado al extremo genera comportamientos de reproche hacia otras regiones o naciones de tal forma que se ciegan ante posibles mejoras que podrían adquirir observando más tolerantemente a las demás.
Al igual que las personas aprendemos unas de otras, las naciones y las regiones de un país deberían dejar a un lado sus intransigencias y seguir enriqueciéndose en vez de dedicarse a mirarse el ombligo y a adornarlo con un sinfín de piercings, tatuajes y demás superficialidades.
